Möebius

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Möebius 

«Si todavía queda algún escéptico que duda de nuestra verdad primana y de todas las deducciones que hacemos tomando dicha verdad como nuestro estándar, debe estar argumentando de mala fe o debemos confesar que hay hombres en completa ceguera mental ya sea innata o debida a una concepción errónea, es decir, a alguna influencia externa. Tales personas no son conscientes de sí mismas. Si afirman o dudan algo, no saben que afirman o dudan. Dicen que no saben nada y dicen que desconocen el mismo hecho de no saber nada. Incluso esto no lo afirman absolutamente. Tienen miedo de confesar que existen, tanto como que no saben nada. De hecho deberían permanecer mudos por miedo a que tal vez, sus conjeturas pudieran parecer ciertas.» (De “On the Improvement of the Understanding”, Spinoza)

«El camino de los excesos conduce al palacio de la sabiduría. La prudencia es una fea y vieja sirvienta cortejada por la Incapacidad.» (De “The Complete Illuminated Books”, W. Blake)

«Entonces digo, la Persona Más Importante no tiene identidad definida, la Persona Espiritual no tiene mérito particular, el Sabio no tiene nombre.» (Zhuangzi)

Los papeles ajados, polvo depositado sobre el polvo de los escritorios (película Vivir – «IKiru» Kurosawa), no pretenden conducir el mensaje lineal de la denuncia de una burocracia esencial e imposible de erradicar (al fin y al cabo no es más que un exceso en el inevitable estiramiento del tiempo a lo que todo está sujeto – siempre se corre con el albur de la fantasía de lo directo, que lógicamente debería de desembocar en menos que una sola letra), sino que es el reflejo de la irrelevancia de las vidas que se bambolean para aquí y para allá, alimentando continuamente un deseo de justicia imposible (¿debe ser reconocido Watanabe por la concreción de ese modesto parque?¿o fue la oficina de asuntos generales?¿o fue el jefe del ayuntamiento?, etc.), más allá de las lágrimas del pequeño círculo concéntrico del ahora difunto Kanji, perdidas en un reconocimiento inexistente que no ha dejado huella (las oficinas continuarán con su tedio sin ser modificadas por ningún supuesto ejemplo), impotencia que también parece sublevar a Spinoza, en su diatriba contra los escépticos, en un tono curiosamente muy similar a la tremenda carta de su expulsión de la sinagoga («maldito cuando se acueste y cuando se levante»), exagerando su reacción hasta llegar a Sócrates (el primer escéptico) pero sin posibilidad de rebatir, enredado en su orden geométrico que solo vive en el despliegue esforzado que le exige la furia para vengarse en el desprecio, rebelándose contra lo que aparece como un saco roto que se vacía al tiempo que se llena de sentido, participando de esa aparentemente inevitable y perpetua expansión y contracción, como si el pensamiento procediera como el desplazamiento de una medusa para desenvolver no se sabe qué, obnubilado por la imagen de su propio despliegue que talla la esperanza de adjudicaciones precisas y justicia que en algún momento se estrella con su propio reflejo, encendiendo el exceso inexplicable y sin nombre, solo para volver a empezar.