Palabras inútiles

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Palabras inútiles 

«Palabras acerca de palabras: Feynman despreciaba esa clase de conocimiento más intensamente que nunca…»…”La única razón por la que no podemos resolver este problema de superconductividad es que no hemos tenido suficiente imaginación.”»… los experimentadores excitadamente pensaron que habían descubierto un antiprotón.”…”Debe haber materia en algún lugar de la cámara de vacío, dijo Feynman. Absolutamente no, le dijeron los experimentadores – solo delgadas paredes de vidrio en cada lado. Feynman preguntó que sostenía los platos superior e inferior juntos. Ellos dijeron que había 4 pequeños tornillos. El miró nuevamente al arco blanco curvado a través del campo magnético. Luego puso su lápiz en la mesa, pulgadas alejadas del borde de la fotografía. Justo aquí, debajo, debe estar uno de los tomillos. El plano, tomado de los archivos y desplegado sobre la fotografía, mostraba que el lápiz había encontrado el lugar exacto.» (De “Genius. The Life.. of R. Feynman”, por J. Gleick)

En la búsqueda de pureza, además de algunos condimentos agazapados (que reflejan cierto parentesco con la complejidad Kantiana del verdadero acto ético, conminado a presentarse despojado de intereses que se aferran en los intersticios) – que liberaremos de una genealogía Foucaultiana siempre dispuesta a iluminar con una luz paradójica que pretende ella misma escapar de la no santidad del propio foco, en una disección en abismo que al fin del día se ahoga a sí misma en una interpretación sin fin que sólo adquiere valor renunciando a un saber establecido y a la cura -, se advierte una cierta ingenuidad que contrasta, en este caso, con el aura de genialidad que envuelve al protagonista (y aquí el efecto halo de Kahneman tiene un lucimiento estelar, de la manera en que admiramos opiniones de lo más variadas en aquellos que deslumbran en el manejo, por ejemplo, de la circunscripción de las matemáticas), que nos apremia por el mismo poder que le conferimos – casi en la forma en que se presenta la transferencia psicoanalítica, que como Freud enseñó en un golpe de precisión notable, no se frena, reverberando infinitamente en contratransferencias, etc —, dando por sentado el “allá afuera», solo discutible para aquellos desafortunados que tienden a enredarse con palabras (quizás la biologia debería empeñarse un poco más en la localización de ese gen maldito, merecedor de un tratamiento de shock después de ocasionar tanta pérdida de tiempo), y en el vértigo que nos lleva en torbellino, aturdiendo, advertimos en virtud de una gracia inesperada – como una rama que nos saca de una correntada de un rafting inevitable – que las palabras siempre tienen preparada su venganza, en un desfile de platos, tornillos, lapiz, plano, fotografía, que producen el prodigio de su invisibilidad, para hacer creer que no están ahí, ligadas en un dispositivo, en el que caen, sin saberlo, los más recalcitrantes fanáticos de la Verdad.