Pasión por la nada

Screenshot
Screenshot

Pasión por la nada

«En una estación de tren podemos tomar nuestro propio tren, y no el que llena nuestra ventana, como el que se mueve. Aquí ponemos el movimiento en el lugar equivocado del mundo, pero en su lugar original el movimiento es parte de la realidad. Lo que el Sr Bradley quiere decir no es nada como esto, sino más bien que cosas como el movimiento no son reales en ninguna parte, y que, incluso en sus asientos aborígenes y empíricamente incorregibles, las relaciones son imposibles de entender.» (De «Complete Works of William James»).

Podríamos plegarnos a la discusión «científica» del movimiento (James dió estas conferencias al momento en que la teoría de la relatividad todavía no era aceptada, aunque de todas maneras es siempre interesante ver la ebullición de la época con deter­minados temas) – de paso no podemos evitar decir que de acuerdo al marco de referencia, Bradley tiene razón en abjurar de la incorregibilidad que propone James y negar el movimiento de las cosas (si es que a esta altura podemos hablar de cosas) – pero decidimos no hacerlo o al menos recorrerla solo para demostrar lo tautológico de las conclusiones a las que llegamos – como nos decía Wittgenstein, en un sistema de axiomas y teoremas son imposibles las sorpresas – porque no hay oposición posible entre el sentido común al que James apela para ridiculizar la posición racionalista que niega el movimiento y las ideas científicas (al fin del día ambas son el resultado de la red de cuadrados o rombos o triángulos que normativizan la realidad), dando por tierra cual­quier intento de progreso de nuestras ideas filosóficas en paralelo con el avance de la manipulación (no solamente James guarda siempre una velada esperan­za de que los laboratorios le den la razón, cegándo­se al hecho evidente de las interpretaciones abso­lutamente divergentes sobre los mismos «hechos» cientí­ficos como la constante cosmológica, el eter, la materia negra, las cuerdas, etc, etc), conminándonos a seguir persiguiendo la tarea escurridiza de la filosofía que en algún punto se transforma en performativa, como la literatura que la conduce, mostrando a la vez que se despliega, como si solo el desenrollado fuera lo importante, como si solo en los actos vacíos estuviera el secreto, encerrando a la vez la paradoja de que se nos exija pasión por la nada.