Perder la cara

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Perder la cara

«Eckhart no solo se involucró en esa controversia en nombre de la Orden Dominicana y, por lo tanto, en nombre de los propios Beguinos, que eran sus cargos pastorales, sino que también el mismo pare­cía para una mente no-simpatética, estar ense­ñando la misma herejía de la que se acusaba a los beguinas. En los sermones atribuidos a Eckhart, no es difícil leer ciertas declaraciones, alejadas de su contexto, como la defensa de una religión mística que está potencialmente libre de contenido ético.»…»Nos recuerda lo fácil que es mal-leer a Meister Eckhart y apropiarse indebidamente de sus enseñanzas para fines alejados de los suyos. Hasta cierto punto, esta fue la consecuencia de su propia predilección ocasional por una retórica bastante extra­vagante.” (De «Selected Writing» por Meister Eckhart – introducción Oliver Davies).

Nos han enseñado que lo reprimido siempre vuelve, dueño de una insistencia cuyo develamiento nos concedería la sabiduría máxima desde el momento en que nos sería dado el secreto de ese ello que no puede evitar expresarse furiosamente asistimos a la compulsión de la compulsión (¿no será este solo el origen del abismo ciego, interminable y aterrador?) y que aparece en oposición al deseo diurno (por eso equiparar el empecinamiento del ello obstinado con lo que aparentemente queremos es por definición un sin-sentido) muchas veces desbaratándolo por completo cuando por ejemplo en el argumento mismo de una defensa vemos florecer maravillosamente inadvertido el pensamiento contra­rio, como si no lográramos mantener en superficie uno solo de los polos de una contradicción, como si nuestra vida fuera un esfuerzo constante de mante­ner en pie una lógica que inevitablemente esta desti­nada a caer, a través de sostener la mayor can­tidad de tiempo posible esa premisa que se agrie­tará más tarde o más temprano, para tratar de
convencernos – la mayoría de las veces sin éxito – del sinsentido de la adopción de posturas, de lo arbitrario de la selección de un código opuesto a otro cuya validez es también imposible de demos­trar, casi el mismo efecto que los esencialistas tratan de evitar cuando creen estar autorizados a defender el texto autentico del apócrifo, como si fuera posible desviarnos del objetivo que Foucault le definió a la escritura, que como toda disciplina artística, consiste en perder la cara.