

Riqueza abandonada
«Pero los filósofos, observando que casi en cada parte de la naturaleza hay una gran variedad de resortes y principios que están escondidos, en razón de su pequeñez o su lejanía, encuentran que es al menos posible que la contrariedad de los eventos puedan no proceder de ninguna contingencia en la causa, sino de la operación secreta de causas contrarias.”…”Un campesino no puede dar mejor razón para la detención de cualquier reloj que decir que comúnmente no funciona bien. Pero un artista percibe fácilmente que la misma fuerza en el resorte o péndulo siempre tiene la misma influencia en las ruedas; pero falla en su efecto usual, tal vez debido a un grano de polvo que detiene todo el movimiento.» (De “An Enquiry Concerning Human Understanding, por D. Hume)
“Tan solo aquellos crédulos que piden a la ciencia un sustitutivo del abandonado catecismo podrán reprochar al investigador el desarrollo o modificación de sus opiniones. Por lo demás, dejemos que un poeta nos consuele de los lentos progresos de nuestro conocimiento científico: «Si no se puede avanzar volando, bueno es progresar renqueando, pues está escrito que no es pecado renguear.» .” (De “Más allá del Principio del Placer” por S. Freud)
La física cuántica ha desvelado a muchos, tratando de hacer sentido al espectáculo de partículas en dos lugares a un tiempo o de la «spooky action at distance» (ese entrelazamiento que excede la velocidad de la luz como pasaje de información, detestado por Einstein), disparando las más variadas creatividades, desde los «many worlds» pasando por la teoría de las cuerdas, la búsqueda del «quantum-gravity» o la idea de variables ocultas de David Bohm, quizás el más atacado en su disciplina (todos los demás han gozado de cierto prestigio y difusión), con, sin embargo, el mismo grado de aventurada especulación que todos los demás intentos (o quizás incluso menos), probablemente porque la postulación de influencias escondidas en el potencial desmembramiento de su única onda-guía, resuena en lo que la ciencia (y el sentido común), ávida de ontología (bajo el disfraz que le otorga esgrimir su compromiso con la falsibilidad), no quiere escuchar, despreciando todo lo que parezca atentar contra su putativa objetividad, que Hume inunda de dudas con dos maniobras, la primera desatando el efecto de la causa, convirtiendo el futuro en probabilidad (que todavía da lugar a una —aunque alambicada— definición de objetividad), y la segunda, rellenando todos los infinitos huecos de la cadena (casi como una recta de números reales) con lo que no solo no se sabe sino que no se sabrá nunca, no por casualidad dando paso al artista capaz de imaginarse el grano de arena y millones de eventos más (y aquí el campesino tiene la misma autoridad —que en realidad no se necesita— para equipararlo si se anima al esfuerzo de multiplicar lo que ve), emulado por el rengueo de Freud, convertido en arte, que en cada paso descubre una riqueza impredecible e insólitamente abandonada.