Splash!

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​¡Splash!

​“La cosa-en-sí-misma, por el contrario, está presente entera e indivisa en cada objeto de la naturaleza y en cada ser vivo. Por lo tanto no perdemos nada al quedarnos quietos junto a cualquier simple cosa individual, y la verdadera sabiduría no se puede ganar midiendo el mundo sin límites, o, lo que sería más al propósito, realmente atravesando el espacio sin fin. Es más bien lograrlo mediante la investigación exhaustiva de cualquier cosa individual, porque entonces buscamos llegar a un entendimiento y conocimiento completo de su verdadera y peculiar naturaleza.”

(De “Works of Arthur Schopenhauer”)

​No hay duda que debemos lidiar con la ilusión compartida de la que somos a la vez sujeto y objeto, y que a la vez nos impulsa a su manipulación con efectos comprobables — la ciencia tiene acá el privilegio que le otorga su seriedad, demostrándonos muchas veces por su propia especialización que genera en nosotros la ignorancia como contrapartida, verdades que inevitablemente sufren el paso del tiempo (al fin del día pueden ser repetidas en el laboratorio, aunque la innumerable cantidad de variables siempre conspirarán en contra de revelaciones definitivas), que parte como somos del principio de razón suficiente que ineludiblemente nos ubica en una cadena de espacio y de tiempo de la que no podríamos soltarnos, a no ser que nos adentremos aún más en las metáforas de Schopenhauer, esta vez, en esa definición imposible de la “cosa-en-sí”, afuera de toda significación y metonimia (¿podríamos conceder lo del afuera del significado, pero, podríamos decir lo mismo de la sucesión de letras y palabras?) que es la misma manifestada en un hombre, un animal, una planta o una roca (aparecen algunos problemas para los veganos evangelizadores), llevándonos como por un relámpago a la fractalidad presente en un árbol, en sus hojas, en las nervaduras, en los cristales que repiten el trepamiento una y otra vez, copiando movimientos en diferentes niveles de complejidad (porque aquí no estamos hablando de lo no-divisible, de esa partícula ilusoria que pretende el colisionador de Europa, completamente inútil si quiere ser mirado como develador del misterio último) que nos recuerda a la experiencia zen al momento de sentir el ¡splash! de la rana cuando salta al agua.