

Una ética robusta y evanescente
»Supongamos que se me ha hecho un depósito en fideicomiso, es propiedad de otro, y lo reconozco porque lo es, y permanezco inamovible en esta relación hacia él. Pero si guardo el depósito para mí, entonces, de acuerdo al principio que uso en las leyes de prueba —tautología—, sin duda no cometo una contradicción, porque en ese caso ya no lo considero propiedad de otro.» (De «On scientific knowledge», por Hegel).
A la hora de justificar una ética, Hegel nos dice que Kant, en sus formulaciones de su ‘imperativo categórico’, no alcanza a superar el escollo del ‘hipotético’ —si quiero x no debo hacer z— porque la elevación a ley universal (obra solo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal) parte siempre de un punto arbitrario—; ¿cómo podría ser de otra manera, si tomamos en cuenta las infinitas interrelaciones entre las palabras y las cosas?— y el origen del fallo es, una vez más, el horror a la contradicción que por un lado nos impulsa hacia adelante pero por otro (y quizás este sea el punto que más escandaliza a la razón) nos induce a salidas rápidas, aceleradas por el espanto ante la obligación de callar (aunque algunos denominados antifilósofos hayan abrazado un silencio cercano al misticismo), creyendo evitar de esa manera el enfrentarse con la contradicción que no puede ser evitada y que nos pide un esfuerzo indescriptible para hallar ese camino con el que construiremos aquello mismo que nos construye, en un proceso en el que, luego de creer en nuestro protagonismo, seremos un momento evanescente, como todo lo demás.